El marco Ruggie para las empresas y los derechos humanos

Fotografía: Pavel Losevsky  [Fotolia.com]César González Cantón es profesor en Bureau Veritas Centro Universitario en el área de Responsabilidad Social Corporativa.”

De las empresas, especialmente de las grandes multinacionales, se ha dicho y se dice de todo; en muchas ocasiones, cosas poco halagüeñas. Sin embargo, ¿por qué unir en una frase dos términos – negocios y derechos humanos – que, a primera vista, no tienen mucho que ver? La razón es la aceptación acontecida de un hecho evidente: para bien, las grandes corporaciones son dueñas de una parte sustancial de la inversión directa global; para mal, su poder las convierte, más allá de razones económicas, en actores políticos. Así que un deber y responsabilidad, la gestión de los derechos humanos, que hace no tanto quedaba relegada a los Estados y sus relaciones entre ellos, se pretende ahora extenderlo a las empresas. A buen entendedor pocas palabras bastan: las grandes corporaciones son hoy prácticamente quasi-Estados, pero sin estar sujetas al derecho internacional.

Desde el reconocimiento de esta situación y con objeto, al mismo tiempo, de establecer algún tipo de control, John Ruggie, Profesor de Derechos Humanos y Relaciones Internacionales de la Universidad de Harvard, fue nombrado en 2005 Representante Especial del entonces Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan. Su cometido, crear un marco de responsabilidad corporativa (el así llamado “marco Ruggie”) bajo el paraguas del Pacto Mundial. Se buscaba que esta propuesta fuera generadora de consenso, entre todos los actores involucrados, acerca de las responsabilidades definidas de las empresas en materia social y medioambiental. Un proceso consultivo que ha durado tres años (del 2008 al 2011) e involucrado a cientos de representantes de diversos grupos de interés, desde asociaciones de industria a ONGs, pasando por instituciones académicas y despachos de abogados, con un único mensaje: que las obligaciones éticas de las empresas se reducen a respetar los derechos humanos. Con ello, John Ruggie ha intentado hilar fino. Por un lado, reconocer el enorme poder de las multinacionales sin asimilarlas conceptualmente a los Estados, por medio de la exclusividad sobre una obligación prerrogativa de estos frente a las empresas: la de proteger los derechos humanos contra terceras partes, por medio incluso del uso de la fuerza. Por otro lado, establecer demandas exigentes para las empresas, aunque fueran concreta y exclusivamente respecto de los derechos que son afectados por sus operaciones. Lo cual no es poco, porque los derechos afectados suelen ser muchos, y respetarlos (y remediar los daños causados contra ellos) puede ser poco menos que heroico en muchos casos.

Era improbable que alguien se opusiera a esto. Un alto directivo puede discutir si la filantropía es un deber de las empresas, pero es más difícil criticar públicamente la obligación moral de facilitar que los menores que trabajan en sus plantas puedan ir a la escuela. Es evidente que el marco Ruggie tiene muchas ventajas frente a otras conceptualizaciones de la responsabilidad social; la menor de las cuales no es el apoyo logístico e institucional del Pacto Mundial. Algunos dicen, sin embargo, que, como todo el movimiento de responsabilidad social, es peor el remedio que la enfermedad. En el fondo, que no deja de ser una pantalla de humo para despistar del verdadero problema: los Estados tienen un Tribunal internacional, mientras que las corporaciones tienen Responsabilidad social (que es voluntaria) y el “tribunal”, vago, manipulable y delicuescente, de la opinión pública. Entre estos dos polos se mueve la discusión. Cuán efectivo será el marco Ruggie realmente aún está por ver.

Puede encontrarse más información sobre el marco Ruggie en la página web nacida de esta iniciativa. En esta página se hallan, con una orientación de denuncia, numerosos recursos sobre el impacto corporativo en los derechos humanos en todo el mundo.

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